Benito Vicente: pizzas con nombre propio y herencia italiana
- Maria Jesús Reyes Herrera
- 23 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 24 dic 2025
Lo que comenzó como una dark kitchen en ascenso, hoy se consagra como un favorito de su barrio. Su carta corta y poco convencional, propone una mirada íntima al ingenio creativo de su dueña, que vuelve a sus raíces con esta primera propuesta.

Benito y Vicente podrían ser tanto amigos míos como tuyos; de esos que te sacan de la rutina y te empujan a probar cosas nuevas. Pero en realidad esos nombres, tan comunes como familiares, esconden otra historia arraigada a la herencia italiana de la chef Ágata Quercia, quien nombró su ópera prima como un homenaje a sus abuelos.
Ubicado en Francisco Bilbao, zona residencial en Santiago de Chile, una puerta corrediza y un pequeño cartel de la entrada hacen que su fachada pase casi desapercibida entre los vecinos. El local es reducido —apenas cuatro mesas y una barra—, pero el aroma de la masa recién salida del horno y el música armonioso, te hipnotizan e invitan a entrar sin pensarlo dos veces. Hay algo de déjà vu en la experiencia: aunque sea nuevo, el verde pastel de las paredes resalta con suavidad, los cuadros que lo decoran son retratos familiares y la cocinera te recibe con una sonrisa de oreja a oreja, como si la hubieras visto esa misma mañana. Es extraño, pero al cruzar esa puerta te sientes de inmediato en casa.
La carta es de una sola hoja y en ella solo cinco opciones resaltan; combinaciones que nunca creerías ver en una pizza. El calor aumenta en el aire y Quercia se arremanga para tomar la pala pizzera y apoyarla sobre su mesa de trabajo. Con mucho cuidado, y de la forma más delicada posible, dispone sobre la herramienta la próxima preparación que llevará al horno. La técnica, clara y concisa, la domina de memoria; pareciera que llevara toda su vida en esto, pero lo cierto es que solo lleva cuatro meses mostrando su obra al público: es algo innato, algo que habita en ella.
Este movimiento lo repite varias veces, las comandas van tomando forma y la cocina tiene una sincronización armoniosa. Amasar, estirar y rellenar. Amasar, estirar y rellenar. Una y otra vez a medida que se va poblando el espacio con nuevos comensales. Y, cuando toca pintar el lienzo, la norma desaparece para que inicie su ingenio: una base estilo napolitana —fina en el centro y bordes aireados pincelados con aceite de oliva— con Fior di Latte, habas de temporada con naranjas flambeadas y eneldo; base amarilla con choclo asado con mantequilla de ají chileno, albahaca, ciboulette y parmesano; o base blanca con queso azul ají oro encurtido y miel. La estacionalidad es la regla y el producto siempre manda: con colores primaverales Quercia demuestra cómo no existe un manual a seguir al momento de combinar ingredientes. La clave está en los colores que acompañan la obra: vibrantes y llamativos, que despiertan el apetito con solo mirarlos.

Al dar el primer mordisco entiendes todo; captas de inmediato por qué lleva ese nombre. La cocinera no solo honra a sus abuelos, sino también invita a quienes se sientan a su mesa a ser parte de sus recuerdos: comidas largas y cálidas, sin apuro, donde se comparte la mesa, la sobremesa es sagrada y el tiempo parece detenerse. Y es que, como cualquier niño que sueña que sus abuelos sean eternos, Benito y Vicente siguen presentes en la vida de la pizzaiolo, reflejándose en cada sabor y color de sus creaciones.










Comentarios